Un día cualquiera

No soy de los lectores capaces de recordar fragmentos de muchos de los libros que leen, quizás sea porque no presto demasiado atención, quizás porque no merecen tal consideración. Los únicos que recuerdo son dos, el primero no lo tengo a mano y no me apetece mal escribirlo, era del libro “La nausea” de Jean Paul Sartre, cuando Antoine tenía miedo de tocar las hojas que caían de los árboles en un parque. El segundo si lo tengo a mano, lo he recordado ahora, no sé la razón, se trata de “Territorio comanche” de Arturo Pérez-Reverte, dice así:

Sí, Kukunjevac fue la guerra de verdad, y no existía Hollywood capaz de reconstruir aquello: el cielo gris, los soldados moviéndose por la carretera, las casas ardiendo. Y la sensación de peligro, tristeza inmensa, soledad, que transmitía la imagen ligeramente torcida de la cámara de Márquez. Barles lo recordaba caminando entre los soldados con la Betacam en la cadera, inexpresivo, las aletas de la nariz dilatadas y los ojos entornados saboreando la guerra. Y tenía la certeza absoluta de que ese día, en Kukunjevac, Márquez había sido feliz.

Es un párrafo más, no tiene nada de especial, para la mayoría incluso pasara por alto, pero siempre lo recordaré, es más, me imaginado en infinidad de ocasiones como sería aquella ciudad que en 1991 se vio avasallada por los croatas día y noche, porque una de las diferencias con otras guerras fue que en la antigua Yugoslavia no había frente, fue de una crueldad terrible, propia de un hombre avanzado y moderno, de un hombre del primer mundo.

Todos los ciudadanos de aquella pequeña ciudad conocieron a la muerte, los más afortunados se quedaron con ella. Reverte cuenta que aquella guerra le sobrepaso, demasiado tiempo, demasiadas bombas, demasiados niños asesinados o viviendo con amputaciones, demasiadas mujeres violadas… demasiadas mentiras por parte de los políticos, encabezados por Solana y su puta ONU. Todos tenemos un Kukunjevac en nuestra vida de alguna u otra forma, algo que nos recuerda dos cosas fundamentales, primero lo hijodeputa que podemos llegar a ser, segundo la tremenda fragilidad con la que vivimos. Los que carecen de un Kukunjevac se les ve a la legua, seguros de si mismos hasta la soberbia, extenuados por la avaricia de querer siempre más, crueles soñadores de un mundo hecho a su medida sin importarles nada más.

Por que un día te levantas, como cualquier otro día, como un día cualquiera y sucede algo no previsto y todo cambia. Por eso es bueno tener un buen enemigo cerca, te hace sentirte vivo, alerta; y de paso te quitas la puñetera costumbre tan arraigada en este país de desconfiar hasta de tu madre. Aclaremos, una cosa es ser tonto y otra es pasarse de gilipollas. Como muchos algunos de aquellos ciudadanos de Kukunjevac, gente poderosa unos meses atrás que suplicaban en medio de la calle meándose encima piedad mientras violaban a su mujer e hijos, ese cabrón merecía vivir, no era ni siquiera digno de un final, en ocasiones la vida es peor que la muerte, como en aquel escenario que ni Hollywood es capaz de reproducir donde la muerte era el bien más preciado.

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6 Responses to Un día cualquiera

  1. Löla dice:

    Qué mal cuerpo chiquillo!
    Estoy contigo de acuerdo en que muchas veces la vida tiene más de infierno que la propia muerte, que al fin y al cabo es una liberación de esta vida.
    En la guerra siempre mueren inocentes mientras los hijos de puta fuman puros y brindan con whiskey.

  2. Fede dice:

    Qué gran libro el de Territorio Comanche. Buena parte de la seguridad con la que habla y de la ira con la que escribe, a buen seguro, se forjó durante esa guerra.
    Tiene que ser la hostia de duro, normal que ahora cada domingo políticos y demás fauna tiemblen cuando abren las primeras páginas del suplemento del ABC y vean que esa semana les ha tocado a ellos ser la mula a quien azotar.
    Un saludo tío, siempre te he dicho que es un placer leerte.

  3. Johnymepeino dice:

    Eres la primera persona que cuenta aquella guerra como realmente fue.
    Siempre me has tenido acojonado porque no sé quien eres viviendo tan cerca y sobre todo por la profundidad de tus escritos, pero hoy has clavado un serio interrrogante en mi vida.

    Jamás nadie me creyó mis aseveraciones sobre aquella horrenda guerra, sabida de todos, conocida en sus más nimios detalles por todos… y todos se empeñaban en hacer que no sabían nada.
    Me pedían pruebas, documentos, testimonios. ¡Coño, ni que yo fuera el Pentágono!. Pero fue como la cuentas.
    Dime Cashern25: ¿Estudias tanto, seríamos estupendos amigos o es que estuviste allí?. No encuentro otra explicación.

    Feliz (mentira y gorda) 2007. Ya sabes: un segundo que sigue a otro, no hay más.

  4. SiL dice:

    No quiero perderme en halagos inútiles, que posiblemente ya hayas recibido en varias ocasiones, pero tampoco puedo evitar decirte que con esta entrada me has hecho llorar.

    Y no quiero leer algo así y quedarme igual que estaba, no quiero que me hablen de tragedias y no sentirlas. Cada vez que algo me toca por dentro, que algo se me revuelve, que lloro por algo así…una parte de la realidad se me cae encima como una losa, y creo que a todos aquellos que viven en su mundo (como yo) debería pasarles.

    Y bueno, sentirme así, me ayuda a darme cuenta, al menos, de lo que tengo. Y me ayuda, sobre todo, a saber que sigo siendo persona. ¿Suena egoísta, verdad? Bueno, creo que lo soy, y bastante más de lo que pienso.

    Como siempre tengo la sensación de no haber explicado en absoluto lo que siento, pero es igual. Hoy me da igual todo, la verdad.

  5. Frozen dice:

    Como siempre, Sil, te explicas perfectamente, que sea la última vez que lo dices, porque ya me empieza a mosquear leertelo.

    Sobre la entrada, poco más puedo añadir. No estuve en esa guerra, pero me he sentido allí, también me he imaginado en ese campo de batalla, viendo a los hijoputas retorcerse de placer.

    “y vinieron veinte carros de asalto, cuatro de explosivos, un camión de la perrera, un destornillador para aflojar los grillos, máscaras antigases, carros autobombas, sesenta mil mangueras para aplacar el humo blanco de su blanca bandera. Le aplastaron la casa barata y chata, le expropiaron al perro puntiagudo con alma de felpudo. El loco de la vía reía todavía, y gritó libertad, con su voz que dolía, – este ya está en la lista – dijo el oficinista, y la santa señora en un avemaría pasaba la alcancía, el señor circunspecto miraba muy correcto, los hipócritas se compadecían, el político crítico con sentido analítico dijo que era anárquico que su fin era típico, los poderosos repetía con gozo, es un ejemplo claro, la libertad no existe, — decían los esclavos y los mansos con quietud de remanso rezaban y un cura les decía arrodillados hijos, siempre arrodillados hijos…”

    El loco de la vía, de Rafael Amor

  6. Casshern25 dice:

    Gracias a todos por estos pedazo de comentarios. Para uno que escribe – que no escritor – la mejor recompensa es transmitir con lo escrito. Así que me llena de satisfacción haberlo logrado.

    löla pues si, que mal cuerpo, con la cara desencajada, lo malo es que el hábito hace al monje y a Reverte, a Márquez y a tantos otros… ya no digamos a ese maldito hijoputa que debes tener como amigo (soldado con metralleta en mano)… les acabo siendo su maldito lugar de trabajo.

    fedeReverte estará marcado por lo de Yugoslavia y tantas otras guerras en las que estuvo, y mejor que lo éste y mejor aún que no haya perdido la cabeza ni la perspectiva porque si no estuviera marcado por sus 20 años de guerras, desconfiaría de su palabra.

    johnymepeinoyo cuento mi guerra, solo que me sirvo de otras para contarla. La de Yugoslavia solo sé los vagos recuerdos que tengo de la televisión, dónde aparecía Reverte cagado contando lo que sucedía mientras le caían bombas a 10metros, y lo poco o mucho que haya podido leer de ella.

    Y no estudio tanto, estudiar agilipolla, vivir no, por eso no terminaré la carrera en cinco años ni tengo una enciclopedia de cincuenta tomos en mi casa. Aun así, seríamos estupendos amigos.

    sil me… sorprende, halaga, ruboriza, agrada… una mezcla de esos sentimientos al leer que lloraste por leer ésta entrada. Y si, como dice Frozen, te has explicado muy bien, no tengas ninguna duda.

    frozen Que grande lo de Rafael Amor. Respecto a ver a un hijoputa retorcerse de placer puede ser aterrador o fascinante según desde dónde se mire.

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