El veneno de la costumbre

Tendría, nueve, diez años todo lo más. Escuché los ladridos de dos perros, uno más agudo que el otro, pero los dos por el tono eran de raza pequeña, seguidamente me vino la voz de la ama de uno de los perros. Levanté la vista para ver que sucedía, llamaba a su chucho con insistencia y con cada llamada le añadía una mayor desazón, evidentemente no le hacía ni caso y corría, jugaba, saltaba, se divertía con su acompañante de diversión. Un perro callejero, demasiado para una perra refinada de clase alta aposentada en familia bien, aunque eso a ella le traía sin cuidado. Lástima que su amo no pensase lo mismo.

Su ama desesperada ya de llamarla se vio socorrida por su hijo que ya calzaba los treinta y tantos, para alejar a su linda perrita de ese can de malas pulgas sin peligri. Yo hasta ese momento veía desde bastante lejos la escena con mas gracia que otra cosa, si se observaba no podías diferenciar quien era la ama de quien. La señora de su perra o la perra de la señora. Pero como decía llegó su hijisimo, lanzando gritos secos, fuertes hacia la perra, requiriendo su presencia de inmediato. En un momento estaba al lado de su mascota, gritándole a viva voz, su compañero aquella tarde de paseo observaba como yo la escena pero él desde una posición más cercana.

Él hijisimo se fue encabronando cada vez más al soltar nuevos improperios, la cogió de un fuerte y rápido movimiento por la cabeza. La levantó hasta que sus ojos estaban a la misma altura, el animal empezaba a lanzar aullidos de dolor, mientras la madre le decía que no le hiciera daño. Él haciendo oídos sordos a las indicaciones de su progenitora y con un: “ahora se te van a quitar las ganas” la estampó diversas veces contra el suelo violentamente sin soltarla. En los primeros golpes se escuchaban los quejidos, luego desaparecieron, en todo ese momento el otro perro primero ladró para posteriormente salir corriendo como alma que llevaba al diablo. La madre de la bestia humana gritaba amargada y desconsolada: “déjala, que la vas a matar animal”. Tras más de una quincena de repeticiones la soltó, yaciendo la perra el suelo. La miró, me acuerdo perfectamente de los cinco segundos que estuvo absorto con sus ojos en su mascota que terminaba de golpear brutalmente, se agachó, la recogió, la acarició y se la llevó con él y su madre detrás preguntando como una desquiciada ignorante ¿Si estaba bien? ¿Si estaba bien?

¿Yo? Intenté gritar y no pude, intenté andar, correr hacía el agresor y no pude, intenté gritar luego de rabia y no pude, intenté llorar y no pude. Me paralice, era miedo, pánico de ver el ser humano en su estado natural por primera vez, o por lo menos desde la primera en la que tenía el suficiente, poco o mucho, conocimiento para aseverarme de lo estaba sucediendo.

Con el tiempo he ido entendiendo, después de conocer cosas peores realizadas a perros y a seres humanos, después de acostumbrarme, que aquel cabrón hijo de puta no sea mucho peor que el resto de los que le acompañamos en este saco lleno de agujeros. Solo resultó ser la primera vez, quizás ese es el fallo, el acostumbrarse.

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5 Responses to El veneno de la costumbre

  1. Una mujer desesperada dice:

    joder, cassher, te voy a matar, me he puesto a temblar leyendo este comentario, joder, menudo hijo de puta ese malnacido, eras pequeño, yo ahora te juro que voy hacia él y le suelto una patada en los cojones que se queda en el suelo, y luego lo denuncio por maltrato, dios, qué historia. lo peor es que mucha gente no entiende que si hace eso a una perrita indefensa, qué no hará a un humano que le toque los cojones.

  2. ines dice:

    tu mejor entrada en mucho, mucho, mucho, mucho, tiempo…
    te empeñas en contar todo siempre como mero observador, cabreado, si, pero sólo un observador, y sin embargo cuando te implicas(65¿?…) es cuando nos dejas a todos(o a mi al menos)sin palabras, perplejos, con la congoja y la piel de gallina de leer algo como lo de hoy.

  3. Sebastián Moncho dice:

    Que hijo puta el bestia. Ojalá se pudra en el init como zombie que mata a su padre.

  4. Toni dice:

    El otro día comentaba lo sensible que se vuelve uno hacia los animales cuando comparte algo de su vida con uno, uno no entiende cómo se le puede coger ese cariño a un animal, siendo uno más de la familia, hasta que no convive con él.
    Pero hay gente, que ni la convivencia con un animal le hace más sensible al dolor de éste.

    Gran entrada, horrible vivencia.

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