Lugares para hablar

febrero 22, 2007

La verdad es que por mucho que he buscado y estrujado la cabeza para escribir algo de actualidad, todo me parecía la misma mierda y hacer una entrada sobre el juicio del 11M o sobre la nueva modelo vasca, De Juana Chaos, por lo de la masa corporal, me da una náusea que ya quisiera para sí Jean-Paul Sartre. Así que siguiendo la sugerencia de un tripulante anónimo en la entrada “3, 2, 1…” les pongo un relato.

En una cola del paro, se tienen conversaciones aburridas y miradas que van del acobardamiento al asesinato.

– La palabra más importante, la que desvela todas o gran parte de todos los enigmas es, cómo.

– ¿Cómo dices? – mientras miraba con cierto desprecio las canas del hombre que tenia dos cuerpos más lejos.

– Ves, es fundamental…

– Ya, pero explícate mejor anda, tenemos a unas seiscientas personas esperando delante de nosotros, así que desembucha.

– Joder esto de esperar… – girando la cabeza para ver la hora del reloj que había colgado a la entrada – en fin, sí lo qué te decía, la palabra, cómo es fundamental. Porque no importa tanto el qué o el cuándo lo hagas, en cambio el cómo es mágico, dependiendo de cómo hagas las cosas, determinara hacia donde iras, si te vas a la mierda o sobrevives a un nuevo día.

– ¿Sobrevivir a un nuevo día? Me pierdo.

– Nietzsche, es de Nietzsche… mira, por ejemplo, la música, el no sé… noventa y cinco por ciento de la música es toda apariencia, hasta los que no van de apariencias meten en sus conciertos una cantidad de luces, humos, fuegos de artificio, pantallas gigantes con imágenes más o menos impactantes qué al final acabas por hacer de todo salvo escuchar su música, es de majaderos… sí, esta claro que esa parafernalia está de puta madre pero si se pierde lo esencial se va todo al carajo. Tendrían que hacer una especie de primer concierto de prueba a todos los grupos a oscuras, claro con la mínima luz para que se viesen los músicos pero nada más, ni escenario, ni luces, ni gaitas, lo mínimo ¿Para qué quieres ver la música? Seria un buen inicio para distinguir entre músicos y gente que posa cantando, para posteriormente poner luz ha aquellos grupos que realmente valieran la pena. Por eso es tan determinante el cómo, porque dependiendo de él, será una cosa u otra, pero no solo en la música, sino en todo… no importa tanto si mete en una canción arpegios o si toca en D menor… sino cómo es tocada.

– Vamos según tu, da igual regalar un anillo de veinticuatro quilates que una mierda de vaca a tu mujer, lo importante es cómo se lo regales… pues veremos si por la noche es lo mismo o no.

– Claro que no es lo mismo… imbécil extremista, pero si le regalas el pedrusco y luego te cepillas a su amiga, dará igual el anillo o la mierda… por eso es tan importante, en este caso, cómo se lo des, si enamorado o pensando en la vecina de enfrente.

– Entiendo…

– Pues aun nos quedan unos cuatrocientos, para una vez que quiero que te cueste coger lo que te digo…

– ¿Cómo?

– Nada, no tiene importancia.


¿Coherencia?

febrero 7, 2006

Como decía hace unos pocos post, ando de exámenes, y aunque tengo por ahí un par de cositas que me gustaría contarles, sobretodo una del comercio que es de risa mortal – nunca mejor dicho, ya entenderán por que – les cito hasta el próximo jueves que es cuando finalizo los exámenes para comentárselo, así que de momento les pongo el segundo relato corto:

Las formalidades por parte de Ismael habían terminado, una vez terminada la conversación banal sobre el fin de semana que iban a tener y el pez que cazo el último día de pesca, tenía y quería entrar a hablar del verdadero motivo que le había llevado al despacho.

– ¿Sobre que hora te recojo para ir a la cena de esta noche?

– Ya discutimos hace una semana… conoces mi opinión, no pienso ir.

– No puedes actuar por impulsos, eres una persona, tenemos la capacidad de razonar, eso nos diferencia de los animales.

La semana había pasado rápido, Ismael noto que desde la reunión con David, su hermano Ernesto le había estado esquivando todo el tiempo para no hablar de la cena. No le gustaba la idea de ceder para sobrevivir en la industria cinematográfica, pero optaba por ponerse de lado frente al tren que les pisaba los talones, en cambio su hermano quería ser embestido con la mayor fuerza posible, aunque eso significara el cierre del cine.

– ¡Y una mierda! Los animales son los coherentes durante toda su vida, nosotros nos ocultamos en estupideces para no reconocer nuestros actos.

– ¿Entonces a ti, te parece qué asistir a una cena, aguantar unas tres horas a unos señores qué te van a salvar el puñetero cine, es un acto estúpido?

– Estúpido y si me permites añadir, ridículo.

Dibujo una sonrisa mostrando la acidez de sus palabras, Ernesto estaba nervioso, se veía delante a un gran aro de fuego y tenia que pasar por dentro de él sino quería quemarse.

– ¿Qué seria para ti actuar con coherencia, hermano?

Ante el aparente nerviosismo mostrado por Ernesto, Ismael le quiso dar un tono conciliador a la conversación, rebajar la crispación existente porque la única solución era la propuesta por David, si no aceptaban, ninguna distribuidora les facilitaría películas.

– Comer en un pasto hasta que nos cacen los leones.

– No tenemos tiempo para metáforas. Explícate mejor o asisto a la cena aunque sea solo.

Se le estaba acabando la paciencia y el tiempo, eran las tres de la tarde y a las ocho y media empezaba la cena. Quería zanjar la conversación de una vez y no permitiría a Ernesto entrar en sus absurdas teorías.

– ¿Conoces a algún mosquito que no vaya hacia la luz para no quemarse? ¡Respóndeme! – elevo el tono de voz para dar consistencia a su pregunta, añadiendo una exclamación ante la mueca que estaba empezando a dibujar Ismael.

– Ninguno.

– ¿Porqué? Porque no sé plantea si quiere vivir más o menos, ni tampoco si la luz le va a quemar o le va a producir placer. Lo hace por instinto, cumple siempre de manera impecable su función natural, sea buena o mala. En cambio nosotros, nos cambiamos según nos convenga.

– Para sobrevivir, razonamos entre otras cosas para la supervivencia.

Se había perdido, estaba en terreno resbaladizo, Ismael lo supo nada más responder a su hermano, por eso se levantó a recoger el abrigo, sabia que no le iba a convencer, pero tenía previsto asistir a la cena por simple formalidad.

– ¡A tomar por culo la supervivencia! Lo hacemos para conservar la casa, el coche, pagar la universidad de nuestros hijos, la sirvienta…

– ¿Qué quieres arruinarte por tu honor?

– Si no hay más remedio, sí. Los tres decidimos ser independientes, ir directos sin intermediarios, apellidos, amigos o representantes. Seleccionábamos lo que nos parecía de calidad y se proyectaba durante un tiempo.

– Pero las cosas han cambiado, hay una maquinaria detrás, que aporta mucho dinero para hacer películas de gran presupuesto.

– ¡Que no valen nada!

Ernesto daba por zanjada la conversación, nada y nadie le iba a cambiar de opinión y se mantendría firme en su opinión, así lo quería hacer ver, no apartando su vista en todo momento de los ojos de Ismael.

– Eso es subjetivo, no puedes opinar en voz del resto de la humanidad, no tienes ese privilegio.

Se puso el abrigo, negro, con cuello de piel. Ismael tenia el pomo de la puerta en la mano, se disponía a marcharse pero como mínimo quería decir la ultima palabra, que le permitiese dejar la conversación sin el sabor agrio de ser el perdedor. Pero Ernesto, no le permitió tal privilegio y antes de que su hermano abriera la puerta, quiso congratularse de su honor y su dignidad.

– Pero nosotros somos el filtro de lo que se ve y se deja de ver en estos cines. Y no me he pasado veintisiete años en este mundo para que ahora un mocoso de treinta años, me ponga dos millones encima de la mesa, con la mayor desfachatez posible, para proyectar su maldita película tres semanas y yo tenga que tragar sin importarme la calidad.

– Tu mismo lo has dicho, la universidad de tus hijos, la sirvienta de tu mujer, tu coche que te lleva y te trae… nos hacemos viejos, hemos descubierto que los ideales no mueren, déjaselos para otro, en cambio nosotros si tenemos los días contados.

Al terminar, Ismael salió del despacho y cerro la puerta, sabia que si se quedaba era para seguir luchando ante algo tan estúpido como el honor de su hermano, era inútil el esfuerzo, decidió irse sin decir nada más, no dando oportunidad a posible replica, además tenia prisa, se hacia tarde para quedar bien con tanta gente.

En la soledad, Ernesto pensó en las palabras de su hermano, sabia que no tenía razón, que tenia que seguir fiel a unos valores que iban más allá de lo bueno y lo malo. Se encendió un cigarro, con el mechero que le regalo su hija Lucia, era de oro, al encender el cigarro, vio reflejado en el mechero una fotografía que había en la estantería que quedaba a su espalda. Se giro queriendo averiguar de qué se trataba, la había visto millones de veces, todos los días pasaba por delante de ella, pero esta vez le produjo una sensación diferente. Le estaba dando nausea, era una fotografía familiar, con sus hijos aun pequeños, fue un día de verano en una excursión para festejar un cumpleaños, sabia que aquello corría peligro, volvió a recordar las palabras de Ismael, y se sentó, se lamento de su mala suerte hasta quedar saciado su ego y telefoneo a Ismael, sonaron tres tonos y al escuchar la voz de Sandra la esposa de su hermano, articulo una débil pregunta:

– ¿A qué hora es la cena?

– A las ocho y media.

– Bien, allí nos veremos.


Exámenes y serie de relatos de “quizás mañana…”

enero 22, 2006

Como saben y sino se lo cuento, estoy de exámenes, esa maravillosa época donde te acuerdas de todas esas horas muertas, desperdiciadas a ojos vista del estudio para hacer otras actividades o simplemente para no hacer ciertas cosas. El caso es que ahora, esas horas parecen lejanas y toca estudiar, aunque se haga de todo menos lo propiamente dicho. En estas estamos, así que como no quiero dejar de editar, ni tampoco escribir cualquier gilipollez que se me pase por la cabeza y lo haga de forma catastrófica – les emplazo a ver mis “archivos de junio o septiembre – voy a ir editando algunos textos, relatos cortos en muchos casos, que tengo escritos, se salen de lo que es la línea de este blog pero un pequeño cambio durante cierto tiempo no vendrá mal. Aquí tienen el primero.

Llevaba siete años declarado en depresión, siempre había sido de alma frágil y carácter pesimista, dos cánceres comenzaron con todo, unas copas y la señorita de los lunes hacían el resto para mantenerme a raya de todo abismo de luz. Etiquetado de inútil por mí mismo, me limitaba a reconocer mi idiotez a través de una columna en un periódico local, en la que paradójicamente por más que me empeñara en dejar patente mi idiosincrasia de perfecto imbécil, el resto de la humanidad me calificaba de genio.

Era difícil de aceptar que todos anduviesen equivocados conmigo, por eso no me relacionaba con nadie más allá de lo necesario. Los martes después de desayunar, paseaba por el parque de delante del colegio, consideraba que era una forma de intentar purgar los pecados cometidos la noche anterior. Me sentaba en un banco, y empezaba a leer el periódico hasta la hora del recreo de los niños, a las diez y media salían, siempre en trompa, una vez fuera se desperdigaban en grupos, tenia tendencia a fijarme en los que iban por libre, sin necesidad de nadie más, su imaginación les sobraba. Aquel que caminaba como un militar, el que no dejaba de ir y venir deslizando pensativo su mano por los barrotes de la reja, la que se ponía a cavar un agujero en el suelo con la ayuda de un palo de madera; y cuando los veía me preguntaba qué diablos tendrían en ese instante en la cabeza.

En aquel patio de recreo vi por primera vez a Lola, hace ya unos quince años, yo andaba aun en el umbral de la luz, con mi esposa y mi hijo, tenia planes, terminar el libro y esperar con un poco de suerte a que me lo publicasen. La veía cada día, una vez la estaba sentada con un libro leyendo impasible, yo paseaba por el parque y era la hora del recreo, salí a respirar aire fresco que me desbloqueara la mente para despejarme un poco. Estaba leyendo con una concentración extraordinaria, ajena a todo lo que le envolvía, inquebrantable, pasando las páginas en aquel rincón del mundo. Su expresión no era relajada, sino obstinada; como si el esfuerzo de mantener a raya el bullicio que le agolpaba constantemente no fuera regalado. Recuerdo, que me estremeció aquella pequeña, sola, digna y orgullosa niña que deseaba estar ajena a todo. Fue entonces cuando levantó la vista y me vio al otro lado de la verja. Intente mostrar un signo de compañerismo pero se limito a mirarme, analizándome escrupulosamente, entendí cómo ella realmente me veía: mayor, desconocido, posible ladrón de su mundo. Su mirada aun limpia de toda culpa y todo prejuicio me arrebato en aquel momento el poco razonamiento qué aun creía tener.

No necesitaba nada, prefería seguir lejos de mí y del resto, en un universo creado por las páginas de aquel libro y por su mente, y yo estaba de más en él. Lo entendí cuando bajo de nuevo la vista, ignorándome, añadiéndome a ese mundo enrevesado que ese libro y sus sueños mantenían bien lejos. Entonces, herido me aleje sigilosamente con la esperanza de no molestar, e intentando dilucidar qué esa pequeña, de pelo levemente ondulado, nos haría en un futuro a todos un poco mejores.

Ahora esa niña era mayor, rondaba la veintena, no sabia con certeza su edad, mantenía aun el pelo ondulado con una pequeña melena castaña, ojos felinos y labios atrevidos, desde hacia unos cinco años, me había vuelto a fijar en ella. Iba a recoger a su hermano pequeño los miércoles, jueves y viernes por la tarde, era la excusa para salir de mi pocilga, cuando uno entra en el túnel de la depresión, se vuelve paranoico y autista, y solo pequeños detalles que nadie entiende consiguen sacarlo del letargo. Uno de esos detalles era Lola, me saludaba cuando me cruzaba en su camino, supongo que aun recordaba aquel libro que le regale cuando entro junto a su madre en la pequeña librería que tenia mi mujer. Era fascinante, aun llevaba algunas prendas de vestir de cuando volví a interesarme por ella, iba siempre con las zapatillas por abrochar y las manos en los bolsillos de los pantalones cuando no llevaba ningún libro entre ellas. Miraba siempre con los ojos bien abiertos, como queriendo aprender y a la vez sabiendo que en cualquier esquina podía haber alguien con un cuchillo traicionero dispuesto a usarlo contra ella.

Se hacia hora de comer y regresaba a casa, la vi cruzar la calle con la mochila a cuestas, supuse que venia de la universidad, quizás fue el pensar otra vez en el recuerdo de aquella niña desalojada de este mundo, quizás mi idiotez perenne, fuera lo que fuese me impulso a acercarme inevitablemente a ella y saludarla.